Foto nueva de Fogwill: Pichiciegos en su quinta edición
En su quinta edición (Interzona), Los Pichiciegos de Fogwill despierta las pasiones de nuestra joven experta Inés Acevedo. Por primera vez en EXITO, una vindicación del chisme y la envidia, entre otras propuestas para una crítica literaria caliente
en EXITO www.hacemellegar.com.ar
En defensa del chisme
Los colaboradores de esta revista escriben sus notas en Word y las envían al diseñador, que las traduce a formato web. Lo digo para explicar que soy yo la que puso las dos fotos de Fogwill arriba de todo. Lo hice para recordar que Fogwill está vivo y es una presencia humana real.
La crítica y la literatura son escritas por gente como él, contemporáneos que viven en sociedad. Los que escriben sobre Fogwill lo conocen y hasta pueden ser amigos suyos, y yo me incluyo en la lista. Lo cité en ese restorán con la excusa de sacarle una foto para esta nota sobre Los Pichiciegos. ¡Fui sincera! Le dije que no necesitábamos hablar de literatura, que lo más importante era la foto. En realidad lo hice sólo para conocerlo.
Y no hay inconvenientes. Un semiólogo muy famoso llamado Oscar Steimberg una vez dijo: “¿cuál es el problema de los acomodos? Si yo fuera funcionario del gobierno también querría trabajar con gente en quien confío, o contratar a miembros de mi familia”.
El mundillo literario también es una Mafia y lo mismo la literatura. De “mafia” se dice que uno de sus posibles orígenes es el grito de una madre que reclamaba por el honor arrebatado a su hija: “ma fia”, de hecho la Mafia se denomina “la familia”.
Esto ya fue teorizado. Bloom habla de la literatura como una gran familia, cuando propone la angustia y la envidias de los escritores a sus mayores como un motor para sus literaturas.
Para pensar la teoría de Bloom aplicada a la crítica pongo la foto de Fogwill arriba de todo, porque la imagen un escritor que admiro y sobre cuya obra escribo está arriba, en un pedestal criticando lo que voy a decir.
Quiero hablar de la relación entre los sentimientos y la literatura. Si un crítico escribe sobre la literatura de sus amigos es porque cuando uno lee un libro que le gusta, enseguida quiere ser amigo del que lo escribió.
Y se puede usar esto como una herramienta de abordaje crítico. Ante un poema confuso, preguntarse ¿yo sería amigo del que escribió esto? Y de ahí seguro que surge un sí o un no. Y después, a partir de cada respuesta, se puede explicar por qué.
Puede parecer básico, pero no es tan sencillo saber lo que a uno le gusta. (Aparte de que debe haber un proceso histórico del verbo “gustar”. Ahora, en una sociedad de consumo ese verbo se usa mucho, pero en otras épocas no debe haber sido así).
Parezco lejos de Los pichiciegos, pero ya me voy acercando.
Cuando hablan los curiosos
Hay un chiste perverso que los adultos les hacen a los niños sin darse cuenta de que si el chico no lo entiende puede quedar angustiado. Es ese en el que ante la pregunta “¿para qué sirve esto?” responden “para hacer hablar a los curiosos”.
Esto, que es aplicable a la literatura y a la crítica, aparece en Pichiciegos. “Me calienta saber” dice Quiquito.
Los sentimientos no sólo no tienen origen sino que vienen todos por el mismo cable, no se puede separar entre buenos y malos, y todos son importantes para la crítica literaria. Lo que nos calienta: los celos y la envidia son, al fin y al cabo, amor. Por más que se los considere como algo negativo, en realidad no hacen más que indicarnos cuáles son nuestros verdaderos deseos. Nos dan conocimiento acerca de nosotros mismos, lo cual es muy valioso para entender qué estamos haciendo, es decir, ser verdaderamente críticos.
Por más que la idea del escritor romántico haya sido rechazada, sigue habiendo algo irracional en una persona que se sienta a escribir y a decir algo que nadie le preguntó. Ante un crítico que se sienta a escribir también hay algo absurdo. Es un proceso que se asemeja bastante al nacimiento de la literatura.
Las personas viven reaccionando y el mundo funciona así, con preguntas y respuesta, pero la literatura es algo caprichoso, porque verdaderamente no responde a nada. Está fuera pero al mismo tiempo no puede estar afuera porque tal cosa es imposible. Entonces vienen los críticos y dicen “esta literatura está adentro del mundo porque “a”, “b” y “c”.” Pero en realidad al escribir eso lo único que hacen es decir, “esta literatura está adentro del mundo porque “yo”, “yo” y “nosotros”.
Por ejemplo, viene alguien que se enamoró de un libro de poemas como El guadal, de García Helder, y termina hablando de Eloísa Cartonera y las editoriales de poesía. ¿Cómo hizo para dar el salto? Alguna forma encontró, y eso con la literatura no es tan difícil de hacer.
En el caso de Pichiciegos, esta novela provoca en Sarlo ganas de hablar de “los saberes” y en Schwartzman, ganas de hablar de “los cielitos”. Eso es lo que a ellos “les calienta” contar. Evidentemente aparece un “deseo loco”, deseo realmente “loco” en el mismo sentido en que la literatura es “loca”. Leo la lectura de Pichiciegos de dos serios académicos: uno habla de “los saberes”; al otro le interesa la literatura gauchesca y se apasiona con “los cielitos”. Ambos tienen una carrera y una vida dedicada a esos problemas. ¿De dónde viene? No hay respuesta. Para una persona que lo piensa fríamente, temas como “los saberes” y “los cielitos” suena a un delirio total, es decir, no remite a nada.
Escribieron todo eso en un momento de calentura.
Los calientes
Esto lo pienso porque lo leí en Pichiciegos, y en otras novelas de Fogwill.
La idea de que el deseo provoca literatura, y el deseo es la única realidad verdadera. Las tres novelas –Pichiciegos, Vivir afuera, Runa–, en el momento en que se disparan a la ficción total, aseguran que “creer o no creer no es lo que importa. Importa lo que quiero, y lo que hago. Importa lo que me calienta, es decir, lo que me gusta, y chau”.
Fermín Rodríguez le dijo a Fogwill, en una charla que se organizó en la facultad de Filosofía y Letras, que aparecían en Los Pichiciegos cosas que calentaban a los personajes. Es cierto, respondió Fogwill, “me interesan las profesiones calientes. La guerra, el comercio y la literatura”, dijo.
Creo que a éstos también se puede agregar el sexo, que aunque no es una profesión sí es una actividad que, según Freud, ocupa el noventa y nueve por ciento de la cabeza de las personas, aunque no se den cuenta de eso.
Y, siguiendo a Schwartzman, en la novela se erige el matiz fálico del término “Pichi” en una comunidad donde además son todos varones. En la primera edición, antes de que Pichiciegos se institucionalizara, aparecía Pichy-cyegos con un guión en el medio. En España existe la “picha”, que es nuestra “pija”. Y por el lado de la guerra, también hay relación filológica: existe la palabra “penacho”, que es justamente lo que llevan los capitanes en sus cascos y los indios en sus atuendos militares. Y hay otra palabra fálica: “pirincho”, que sería lo mismo que penacho pero en vez de estar hecho de plumas es de pelo natural y también lo pueden tener las mujeres. En ellas no remite tanto a la guerra sino más bien a la locura, a tener “los pelos parados”.
Durante la guerra de Malvinas, los pichi ciegos están re calientes porque no cojen. “Culo” es una de las palabras que más aparece. Son soldados que están enterrados en una trinchera traidora a la patria, comercian con el enemigo, y además están cagados de miedo porque en cualquier momento se pueden morir.
Guerra, comercio, represión sexual y miedo son estados mentales bajo los cuales la gente se deschava. Cuando te estás por morir hablás como loco, cuando estás nervioso te reís y decís boludeces, cuando querés venderle algo a alguien le contás un chamuyo, cuando estás reprimido se te escapan un par de delirios que te deschavan, pero como estás recontra reprimido decís una cosa que no la entiende ni Dios. (El tópico de la ficción social ante lo reprimido lo comenta Piglia, para hablar de la época del Proceso: ante el conocimiento de que hay miles de desaparecidos y que en la guerra de Malvinas todos los pibes van a morirse reventados contra los ingleses, la gente empieza a rumorear que ve trenes de noche, que van para el sur y que adentro tienen féretros).
Pichiciegos fue escrita durante la dictadura militar –justamente el pasaje de la dictadura a la democracia fue lo que deslumbró a muchos en la época–. Para la época de Martín Fierro cantar era quejarse, pero para la época de la dictadura este verbo pasó a implicar algo muy diferente: cantar era alcahuetear. Como en Martín Fierro, contar era cantar, pero podía significar para el que deschavaba, salvarse, y para los deschavados, la muerte.
Los pichis cuentan desde debajo de la tierra, y solamente pueden contar ahí: debajo de la tierra, porque si salen son muertos, pero su presencia ahí abajo también los convierte en muertos y en fantasmas.
Ellos son “los calientes”. Los fríos y los helados son los que ya no cuentan el cuento.
Chamuyos
El autor de “Muchacha Punk” es mucho más famoso por ese cuento que por el resto de sus novelas. No es casual, los cuentos son lo que mejor le sale.
Estas novelas de Fogwill –pienso en tres, Pichiciegos, Runa, Vivir afuera– pueden ser pensadas como grandes aparatos hechos para contar historias. Se reúnen determinados personajes que se cuentan cuentos entre sí.
En Vivir Afuera hay otros estados propicios para el deschave, como el sexo, donde aparecen confesiones, relatos del pasado, chismes; el levante, donde se trata de hacer el verso, vender una historia, y donde es posible inventar un nombre falso –Mariana se arrepiente de haber dado su nombre real–. En las transas y mejicaneadas el chamuyo es fundamental. Dos de las tres parejas están bajo estados narcóticos: la cocaína y el porro los desinhiben, los hacen decir y preguntar. Y en el ritual de drogarse de a dos parte del efecto de la droga tiene que ver con el que está con vos cuando te la tomás.
Hay un momento en que las tres novelas “arrancan”. El ritmo se dinamiza, y eso tiene que ver con la aparición del tema de la ficción y del narrador en el relato. Ambas cosas estabilizan la forma en que se insertan los relatos en la historia.
En Pichiciegos –como marca Schwartzman– la aparición de las monjas precede al momento donde el narrador se materializa. En el capítulo de las monjas el tema es el de la veracidad o no, de “las aparecidas”. Comienza con el problema de creer o no creer y la verdad:
“Casi nadie creía en Dios. El dudaba. Viterbo decía no creer. (...) Aunque ¿quién puede descartar que cuando se iban a dormir rezaban? (...) Nadie lo puede descartar. ¿Verdad?”
A continuación aparecen las monjas y automáticamente los pichis empiezan a contar. Pugliese se estaba volviendo loco “porque contó que oyó voces”. Y luego “Contaba Viterbo: – Las vi yo, las vio él. (...) Viterbo, en cambio, contó la historia varias veces -agregaba, quitaba cosas, y cada vez parecía más cierta”.
En ese momento los Pichis se dividen entre los que creen y los que no pero “igual impresiona sentir la impresión que trae el que la cuenta por el solo hecho de contarla”.
Al final de ese capítulo el narrador aparece en un trabalenguas confuso:
“– Y vos Quiquito, ¿creés que yo creo esto que me contás? – le pregunté.
– Vos anotalo, que para eso servís”.
La aparición de las monjas hace hablar a los Pichis y se desencadenan los relatos sobre sí. A partir de ese momento “Lo más hablado fueron ellos mismos”.
Esta es exactamente toda la segunda parte de la novela. La más jugosa, porque aparecen: la relación entre Quiquito y el Pichi; los cuentos mejor contados: la oveja que explotó en el aire, la visión del Pucará, el que se hizo amigo de una víbora; y las referencias a la literatura y metaficciones, el personaje Manuel (referencia a Puig) que cuenta películas y luego coge con un inglés, y además Quiquito, el narrador, cuenta un cuento al Picho y le dice que es de Quiroga.
En Runa sucede algo similar. La novela toma vuelo con el capítulo “Creer o no creer”, que habla sobre las historias que se cuentan los runas. En el siguiente capítulo aparece al mismo tiempo la primera persona del narrador y la referencia al que escucha su historia “Te hablo como un sabio”. A partir de ahí las los relatos se van hilvanando según este problema “creer o no creer” y toman una velocidad que desemboca en el final, donde las críticas al lenguaje del que graba se multiplican y llegan a un punto culminante cuando el narrador lo invita a contar al que graba.
La novela entera es la primera línea de un diálogo que aguarda una respuesta que no conocemos. La literatura invita a hablar.
En Vivir afuera le dice Wolff a Mariana:
“– Una curiosidad, ¿por qué contás tan bien cualquier historia?”.
Ella piensa que es un reproche y entiende “historia” por literatura.
”– Loco, yo no te invento nada... te conté la verdad. ¡Me pasó! Pensaste que te inventaba?
– ¿Y a mí qué me puede importar si es inventada o no? Yo te oigo y me gusta lo que contás y chau”.
Me gusta ese “chau” porque pone en escena nuevamente un diálogo que se corta.
Gombrowicz también dijo eso: “yo no puedo decir esta sopa es buena. Pero sí tengo todo el derecho de decir 'esta sopa me gusta'”.
Me gusta o no me gusta, y chau. No importa lo que creo sino que lo quiero. Lo que me calienta es la única realidad verdadera.
La novela es como forma una solución para el Fogwill narrador, así los cuentos no están solos y no necesitan justificarse.
Este es un problema que se genera al momento de escribir. Tener que dar explicaciones, responder, como diría Bloom, a todo el resto del canon; entonces todas las decisiones que tenés que tomar –quién habla, qué cuenta, qué estilo, si el realismo o qué realismo– son decisiones políticas.
Tal como los cuentos de Los Pichiciegos están guardados, escondidos debajo de la tierra, todos los cuentos que aparecen en las tres novelas de Fogwill están adentro, a salvo en la literatura, y por eso no tienen que pedir permiso para nada. Así se salvan de los peligros del miedo.
en EXITO www.hacemellegar.com.ar
En defensa del chisme
Los colaboradores de esta revista escriben sus notas en Word y las envían al diseñador, que las traduce a formato web. Lo digo para explicar que soy yo la que puso las dos fotos de Fogwill arriba de todo. Lo hice para recordar que Fogwill está vivo y es una presencia humana real.
La crítica y la literatura son escritas por gente como él, contemporáneos que viven en sociedad. Los que escriben sobre Fogwill lo conocen y hasta pueden ser amigos suyos, y yo me incluyo en la lista. Lo cité en ese restorán con la excusa de sacarle una foto para esta nota sobre Los Pichiciegos. ¡Fui sincera! Le dije que no necesitábamos hablar de literatura, que lo más importante era la foto. En realidad lo hice sólo para conocerlo.
Y no hay inconvenientes. Un semiólogo muy famoso llamado Oscar Steimberg una vez dijo: “¿cuál es el problema de los acomodos? Si yo fuera funcionario del gobierno también querría trabajar con gente en quien confío, o contratar a miembros de mi familia”.
El mundillo literario también es una Mafia y lo mismo la literatura. De “mafia” se dice que uno de sus posibles orígenes es el grito de una madre que reclamaba por el honor arrebatado a su hija: “ma fia”, de hecho la Mafia se denomina “la familia”.
Esto ya fue teorizado. Bloom habla de la literatura como una gran familia, cuando propone la angustia y la envidias de los escritores a sus mayores como un motor para sus literaturas.
Para pensar la teoría de Bloom aplicada a la crítica pongo la foto de Fogwill arriba de todo, porque la imagen un escritor que admiro y sobre cuya obra escribo está arriba, en un pedestal criticando lo que voy a decir.
Quiero hablar de la relación entre los sentimientos y la literatura. Si un crítico escribe sobre la literatura de sus amigos es porque cuando uno lee un libro que le gusta, enseguida quiere ser amigo del que lo escribió.
Y se puede usar esto como una herramienta de abordaje crítico. Ante un poema confuso, preguntarse ¿yo sería amigo del que escribió esto? Y de ahí seguro que surge un sí o un no. Y después, a partir de cada respuesta, se puede explicar por qué.
Puede parecer básico, pero no es tan sencillo saber lo que a uno le gusta. (Aparte de que debe haber un proceso histórico del verbo “gustar”. Ahora, en una sociedad de consumo ese verbo se usa mucho, pero en otras épocas no debe haber sido así).
Parezco lejos de Los pichiciegos, pero ya me voy acercando.
Cuando hablan los curiosos
Hay un chiste perverso que los adultos les hacen a los niños sin darse cuenta de que si el chico no lo entiende puede quedar angustiado. Es ese en el que ante la pregunta “¿para qué sirve esto?” responden “para hacer hablar a los curiosos”.
Esto, que es aplicable a la literatura y a la crítica, aparece en Pichiciegos. “Me calienta saber” dice Quiquito.
Los sentimientos no sólo no tienen origen sino que vienen todos por el mismo cable, no se puede separar entre buenos y malos, y todos son importantes para la crítica literaria. Lo que nos calienta: los celos y la envidia son, al fin y al cabo, amor. Por más que se los considere como algo negativo, en realidad no hacen más que indicarnos cuáles son nuestros verdaderos deseos. Nos dan conocimiento acerca de nosotros mismos, lo cual es muy valioso para entender qué estamos haciendo, es decir, ser verdaderamente críticos.
Por más que la idea del escritor romántico haya sido rechazada, sigue habiendo algo irracional en una persona que se sienta a escribir y a decir algo que nadie le preguntó. Ante un crítico que se sienta a escribir también hay algo absurdo. Es un proceso que se asemeja bastante al nacimiento de la literatura.
Las personas viven reaccionando y el mundo funciona así, con preguntas y respuesta, pero la literatura es algo caprichoso, porque verdaderamente no responde a nada. Está fuera pero al mismo tiempo no puede estar afuera porque tal cosa es imposible. Entonces vienen los críticos y dicen “esta literatura está adentro del mundo porque “a”, “b” y “c”.” Pero en realidad al escribir eso lo único que hacen es decir, “esta literatura está adentro del mundo porque “yo”, “yo” y “nosotros”.
Por ejemplo, viene alguien que se enamoró de un libro de poemas como El guadal, de García Helder, y termina hablando de Eloísa Cartonera y las editoriales de poesía. ¿Cómo hizo para dar el salto? Alguna forma encontró, y eso con la literatura no es tan difícil de hacer.
En el caso de Pichiciegos, esta novela provoca en Sarlo ganas de hablar de “los saberes” y en Schwartzman, ganas de hablar de “los cielitos”. Eso es lo que a ellos “les calienta” contar. Evidentemente aparece un “deseo loco”, deseo realmente “loco” en el mismo sentido en que la literatura es “loca”. Leo la lectura de Pichiciegos de dos serios académicos: uno habla de “los saberes”; al otro le interesa la literatura gauchesca y se apasiona con “los cielitos”. Ambos tienen una carrera y una vida dedicada a esos problemas. ¿De dónde viene? No hay respuesta. Para una persona que lo piensa fríamente, temas como “los saberes” y “los cielitos” suena a un delirio total, es decir, no remite a nada.
Escribieron todo eso en un momento de calentura.
Los calientes
Esto lo pienso porque lo leí en Pichiciegos, y en otras novelas de Fogwill.
La idea de que el deseo provoca literatura, y el deseo es la única realidad verdadera. Las tres novelas –Pichiciegos, Vivir afuera, Runa–, en el momento en que se disparan a la ficción total, aseguran que “creer o no creer no es lo que importa. Importa lo que quiero, y lo que hago. Importa lo que me calienta, es decir, lo que me gusta, y chau”.
Fermín Rodríguez le dijo a Fogwill, en una charla que se organizó en la facultad de Filosofía y Letras, que aparecían en Los Pichiciegos cosas que calentaban a los personajes. Es cierto, respondió Fogwill, “me interesan las profesiones calientes. La guerra, el comercio y la literatura”, dijo.
Creo que a éstos también se puede agregar el sexo, que aunque no es una profesión sí es una actividad que, según Freud, ocupa el noventa y nueve por ciento de la cabeza de las personas, aunque no se den cuenta de eso.
Y, siguiendo a Schwartzman, en la novela se erige el matiz fálico del término “Pichi” en una comunidad donde además son todos varones. En la primera edición, antes de que Pichiciegos se institucionalizara, aparecía Pichy-cyegos con un guión en el medio. En España existe la “picha”, que es nuestra “pija”. Y por el lado de la guerra, también hay relación filológica: existe la palabra “penacho”, que es justamente lo que llevan los capitanes en sus cascos y los indios en sus atuendos militares. Y hay otra palabra fálica: “pirincho”, que sería lo mismo que penacho pero en vez de estar hecho de plumas es de pelo natural y también lo pueden tener las mujeres. En ellas no remite tanto a la guerra sino más bien a la locura, a tener “los pelos parados”.
Durante la guerra de Malvinas, los pichi ciegos están re calientes porque no cojen. “Culo” es una de las palabras que más aparece. Son soldados que están enterrados en una trinchera traidora a la patria, comercian con el enemigo, y además están cagados de miedo porque en cualquier momento se pueden morir.
Guerra, comercio, represión sexual y miedo son estados mentales bajo los cuales la gente se deschava. Cuando te estás por morir hablás como loco, cuando estás nervioso te reís y decís boludeces, cuando querés venderle algo a alguien le contás un chamuyo, cuando estás reprimido se te escapan un par de delirios que te deschavan, pero como estás recontra reprimido decís una cosa que no la entiende ni Dios. (El tópico de la ficción social ante lo reprimido lo comenta Piglia, para hablar de la época del Proceso: ante el conocimiento de que hay miles de desaparecidos y que en la guerra de Malvinas todos los pibes van a morirse reventados contra los ingleses, la gente empieza a rumorear que ve trenes de noche, que van para el sur y que adentro tienen féretros).
Pichiciegos fue escrita durante la dictadura militar –justamente el pasaje de la dictadura a la democracia fue lo que deslumbró a muchos en la época–. Para la época de Martín Fierro cantar era quejarse, pero para la época de la dictadura este verbo pasó a implicar algo muy diferente: cantar era alcahuetear. Como en Martín Fierro, contar era cantar, pero podía significar para el que deschavaba, salvarse, y para los deschavados, la muerte.
Los pichis cuentan desde debajo de la tierra, y solamente pueden contar ahí: debajo de la tierra, porque si salen son muertos, pero su presencia ahí abajo también los convierte en muertos y en fantasmas.
Ellos son “los calientes”. Los fríos y los helados son los que ya no cuentan el cuento.
Chamuyos
El autor de “Muchacha Punk” es mucho más famoso por ese cuento que por el resto de sus novelas. No es casual, los cuentos son lo que mejor le sale.
Estas novelas de Fogwill –pienso en tres, Pichiciegos, Runa, Vivir afuera– pueden ser pensadas como grandes aparatos hechos para contar historias. Se reúnen determinados personajes que se cuentan cuentos entre sí.
En Vivir Afuera hay otros estados propicios para el deschave, como el sexo, donde aparecen confesiones, relatos del pasado, chismes; el levante, donde se trata de hacer el verso, vender una historia, y donde es posible inventar un nombre falso –Mariana se arrepiente de haber dado su nombre real–. En las transas y mejicaneadas el chamuyo es fundamental. Dos de las tres parejas están bajo estados narcóticos: la cocaína y el porro los desinhiben, los hacen decir y preguntar. Y en el ritual de drogarse de a dos parte del efecto de la droga tiene que ver con el que está con vos cuando te la tomás.
Hay un momento en que las tres novelas “arrancan”. El ritmo se dinamiza, y eso tiene que ver con la aparición del tema de la ficción y del narrador en el relato. Ambas cosas estabilizan la forma en que se insertan los relatos en la historia.
En Pichiciegos –como marca Schwartzman– la aparición de las monjas precede al momento donde el narrador se materializa. En el capítulo de las monjas el tema es el de la veracidad o no, de “las aparecidas”. Comienza con el problema de creer o no creer y la verdad:
“Casi nadie creía en Dios. El dudaba. Viterbo decía no creer. (...) Aunque ¿quién puede descartar que cuando se iban a dormir rezaban? (...) Nadie lo puede descartar. ¿Verdad?”
A continuación aparecen las monjas y automáticamente los pichis empiezan a contar. Pugliese se estaba volviendo loco “porque contó que oyó voces”. Y luego “Contaba Viterbo: – Las vi yo, las vio él. (...) Viterbo, en cambio, contó la historia varias veces -agregaba, quitaba cosas, y cada vez parecía más cierta”.
En ese momento los Pichis se dividen entre los que creen y los que no pero “igual impresiona sentir la impresión que trae el que la cuenta por el solo hecho de contarla”.
Al final de ese capítulo el narrador aparece en un trabalenguas confuso:
“– Y vos Quiquito, ¿creés que yo creo esto que me contás? – le pregunté.
– Vos anotalo, que para eso servís”.
La aparición de las monjas hace hablar a los Pichis y se desencadenan los relatos sobre sí. A partir de ese momento “Lo más hablado fueron ellos mismos”.
Esta es exactamente toda la segunda parte de la novela. La más jugosa, porque aparecen: la relación entre Quiquito y el Pichi; los cuentos mejor contados: la oveja que explotó en el aire, la visión del Pucará, el que se hizo amigo de una víbora; y las referencias a la literatura y metaficciones, el personaje Manuel (referencia a Puig) que cuenta películas y luego coge con un inglés, y además Quiquito, el narrador, cuenta un cuento al Picho y le dice que es de Quiroga.
En Runa sucede algo similar. La novela toma vuelo con el capítulo “Creer o no creer”, que habla sobre las historias que se cuentan los runas. En el siguiente capítulo aparece al mismo tiempo la primera persona del narrador y la referencia al que escucha su historia “Te hablo como un sabio”. A partir de ahí las los relatos se van hilvanando según este problema “creer o no creer” y toman una velocidad que desemboca en el final, donde las críticas al lenguaje del que graba se multiplican y llegan a un punto culminante cuando el narrador lo invita a contar al que graba.
La novela entera es la primera línea de un diálogo que aguarda una respuesta que no conocemos. La literatura invita a hablar.
En Vivir afuera le dice Wolff a Mariana:
“– Una curiosidad, ¿por qué contás tan bien cualquier historia?”.
Ella piensa que es un reproche y entiende “historia” por literatura.
”– Loco, yo no te invento nada... te conté la verdad. ¡Me pasó! Pensaste que te inventaba?
– ¿Y a mí qué me puede importar si es inventada o no? Yo te oigo y me gusta lo que contás y chau”.
Me gusta ese “chau” porque pone en escena nuevamente un diálogo que se corta.
Gombrowicz también dijo eso: “yo no puedo decir esta sopa es buena. Pero sí tengo todo el derecho de decir 'esta sopa me gusta'”.
Me gusta o no me gusta, y chau. No importa lo que creo sino que lo quiero. Lo que me calienta es la única realidad verdadera.
La novela es como forma una solución para el Fogwill narrador, así los cuentos no están solos y no necesitan justificarse.
Este es un problema que se genera al momento de escribir. Tener que dar explicaciones, responder, como diría Bloom, a todo el resto del canon; entonces todas las decisiones que tenés que tomar –quién habla, qué cuenta, qué estilo, si el realismo o qué realismo– son decisiones políticas.
Tal como los cuentos de Los Pichiciegos están guardados, escondidos debajo de la tierra, todos los cuentos que aparecen en las tres novelas de Fogwill están adentro, a salvo en la literatura, y por eso no tienen que pedir permiso para nada. Así se salvan de los peligros del miedo.
